Buscarle sentido a la vida se convierte en objetivo primordial en muchos casos. El día a día hace que adoptemos rutinas que, como el nombre indica, se van repitiendo. Adoptamos patrones de comportamiento y nos rodeamos de un entorno socialmente seguro, buscamos (y, al final, encontramos) un trabajo estable y una relación de pareja que también lo sea. Necesitamos un lugar donde vivir, alguna forma de desplazamiento y algo que hacer en nuestro tiempo libre. Y pensamos. Pensamos sin parar, claro esto, pero a veces nos detenemos a pensar en todo lo que hemos conseguido, en qué momento vital nos encontramos y en la utilidad de lo que hemos hecho.
Como en las empresas, en la cabeza también se hace balance anual. Algunas personas analizan sus pasos cuando cumplen años. Acercarse a los 30, los 40 o los 50 nos hace meditar sobre el sentido real de muchas de las cosas que hacemos y, en ocasiones, pasamos un par de días un poco espesos porque recordamos planes hechos en momentos anteriores que, o bien no hemos realizado, o bien nos han decepcionado un poco.
En estos momentos de reflexión, tenemos una dificultad especial para recordar los grandes progresos de nuestra existencia. Nos cuesta centrarnos en lo que tenemos porque la cabeza siempre tiende a ir hacia delante y, por lo tanto, a desear un poquito más. La ambición es necesaria para llegar a altos objetivos, pero debemos dejar un cierto espacio para disfrutar de lo ya conseguido o… o es que si muriéramos ahora nuestra vida no habría tenido sentido? Este tema es un poco desesperante, a veces, ya lo sabes, pero se piensa en ello. Es la muerte de los demás la que nos hace pensar en la nuestra propia. puede que llegue dentro de mucho, mucho tiempo. Pero es ella la que nos hace reflexionar sobre el sentido de nuestra vida.
Si no hubiera un límite vital temporal, es decir, si no existiera la muerte, ni biológica ni artificial (utilizo la expresión artificial para referirme a la muerte provocada por agentes externos, como los asesinatos) nadie estaría obsesionado con la idea de que la vida debe tener necesariamente un sentido. De hecho, por defecto, toda vida lo tiene. Desde el momento en que nacemos e interactuamos con los demás, todo tiene sentido. Aunque no hiciéramos nada, sólo por el hecho de estar rodeados de los demás, tendríamos sentido para alguien, o no? E independientemente del resto de personas, todo ser pensante tiene sentido por y para sí mismo.
Qué debe tener nuestra vida para que, en un momento dado (sea ahora o cuando seamos mayores y nos replanteemos lo que hemos hecho a lo largo de todo nuestro trayecto vital) creamos que ha tenido sentido?
Tal vez nos ayude a responder esta pregunta el plantearnos el porqué nos gustaría que nos recordaran. No hablo de cuando hayamos pasado a la historia. Hablo de cuando dejamos un trabajo o un grupo de amigos, por ejemplo. Por lo tanto, tal vez pensando primero lo que nos gustaría dejar como recuerdo, podemos actuar en la línea correcta para conseguirlo.
También nos puede ayudar a responderla el pensar en las cosas que nos han hecho felices hasta ahora. Cuáles son las que más valoramos, las que merecerían ser recordadas para siempre, las que nos han hecho sentir especiales, aquellos momentos en que nos hemos sentido diferentes, como sobrehumanos, son los que han dado una buena dosis de sentido a nuestra vida.
Aunque no hayamos inventado nada previamente inexistente.
Aunque no hayamos descubierto nada inaudito.
Aunque sólo haya una persona que nos recuerde para siempre.
Todo ha tenido sentido.
Melissa Olave Bravo

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